LAGAZETA

Woody Allen reactiva su sintonía con BCN en su debut en el Liceu

Enero 2, 2008 · No Comments

El jazz de Nueva Orleans es esa música ejecutada por instrumentistas negros en antros humeantes del French quarter, en la capital sureña. Borremos la información y volvamos a empezar: el jazz de Nueva Orleans es también un género practicado por caballeros blancos neoyorquinos en teatros de la ópera europeos. No pasa nada; el respeto por las esencias está garantizado por el señor Woody Allen, un erudito de la tradición afroamericana que, anoche, en su debut en el Liceu, reforzó complicidades con Barcelona viajando al dixieland y el ragtime; al blues y a las canciones espirituales.
Un repertorio “de funerales, fiestas de cumpleaños, prostíbulos e iglesias de Nueva Orleans”, apuntó Allen, que utilizó el inglés en sus contados comentarios. Tras desear a los asistentes un feliz Año Nuevo, planteó sus intenciones. “Intentaremos entretenerles el resto de la velada. Relájense”. Se sentó, se quitó el jersey y sumó su clarinete a un calculado guión oficiado por la New Orleans Jazz Band. Del pasaje ceremonioso al ritmo de fiesta callejera; música fechada en las primeras décadas del siglo XX que permitía constantes lucimientos solistas. Entre estos, algunos solos ajustados, de improvisación un tanto limitada, a cargo del propio Allen. Desde luego, fueron los más aplaudidos.

CUATRO VOCES
Entre las canciones elegidas, guiños a Louis Armstrong, como Basin street blues, y rescates de partituras remotas, como I scream, you scream, we all scream for ice cream, con su juego de palabras lanzado por el trompetista Simon Wettenhall. La voz cantante corría entre este y Conal Fowkes, el pianista, con diversas incursiones a cargo de John Gill (batería) y el director de la banda, Eddy Davies (banjo).
Allen no cantó, aunque no hay que desestimar la exhibición solista de su pierna izquierda, en constante estado percutivo; un recital en sí mismo. Tanto él como toda la banda mostraron durante la actuación una actitud desenfada, propia de un club nocturno, que chocaba con el porte sobrio de un público que se limitaba a aplaudir las intervenciones solistas y que no se calentó hasta el final. Cosas del efecto Liceu.
Fowkes emprendió un curioso asalto latino con citas al cubano Ernesto Lecuona, del que rescató Say sí, sí, y Para Vigo me voy, con un texto en castellano que resolvió con agilidad. Hacia la recta final, Allen tomó la palabra por segunda y última vez para presentar a los miembros de la banda. Subrayó el “gran, gran, gran honor” que suponía para él actuar en el coliseo operístico, y reafirmó, por si alguien tenía algunas dudas, su simpatía por la ciudad. “Me encanta estar en Barcelona”, aseguró el realizador y músico.
Y, ahora sí, con el público en pie, cayeron las piezas más reconocibles de la noche: Joshua fit the battle of Jericho, Down by the riverside y Sweet Georgia Brown; estrofas espirituales negras que calaron en un Liceu que dejó atrás la compostura y apoyó con palmas las interpretaciones. Transcurrida una hora y 45 minutos de actuación, Allen introdujo el clarinete en su maletín y desapareció con su discreción natural. Otra noche de civilizada y matizada allenmanía en Barcelona.

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