La faena que Enrique Ponce ha cuajado al cuarto toro de la tarde le ha valido para hacer historia en la plaza de Valencia. Otra vez el día de San José, la tarde más grande de las Fallas, lleva su nombre impreso en letras de oro. Si el lunes hablábamos de un torero inagotable, hoy tenemos que hacerlo de un artista sin parangón que se encuentra sin lugar a dudas en su momento de máximo apogeo. Esto lo vivió Valencia, su tierra, en la que puede definirse sin temor a error alguno como la mejor faena del ciclo fallero. Fue impresionante apreciar como la plaza se quebró literalmente cuando Ponce cerraba su faena con la novedosa y difícil ‘poncina’ (muletazo citando de espaldas con la rodilla flexionada en el que el torero cambia de pierna en mitad de la suerte mientras vacía la embestida del toro en un circular perfecto, a veces con cambio de mano incluido).
La explosión de la plaza en ese momento sólo puede asimilarse al final de una mascletá. Fue un final atronador para una faena construida sobre varios pilares básicos. Primero, la inteligencia, que sirvió a Ponce para administrar a la perfección a un toro bueno que pedía los tiempos y respiros que le supo dar el torero de Chiva. Segundo, la suavidad, que llevó al toro a ser más de lo que fue y al torero a acariciar literalmente las embestidas. Y tercero, el arte: Enrique toreó encajado, abandonado, roto, desde la primera tanda de muletazos. Fue perfecto en lo fundamental y alcanzó la filigrana en los remates de serie y el toreo a dos manos.

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